Encender las luces

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Autora Invitada: Paola Conde

Aún sin saberlo, todos vamos por la vida buscando que algo nos encienda.

A menudo me preguntan cómo es eso, de estar encendido. Los símbolos a veces se acercan a ese concepto, y a los seres humanos nos encantan. Usamos símbolos para conectarnos con las cosas y con los otros. Intentamos a través de ellos recordarnos quienes somos. Quizás por eso encontramos grato definirnos en los símbolos, en los conceptos. Quizás porque se parece bastante a estar encendidos.

A mí me gusta ser testigo, ver como alguien se enciende. Si! Eso me enciende! Me prende una gran luz que es dulce y sanadora.

Todos aquellos que trabajamos con los conceptos sabemos que la única forma de que alguien se encienda es llegando a ese lugar inequívoco en donde nada de lo que uno es o desea puede ser erróneo o malo. Es una sensación, las sensaciones tienen esa magia. Las sensaciones aparecen cuando encontramos algo que se encuentra impreso en nosotros. Por supuesto no hablo de las meras sensaciones en dónde sólo intervienen los sentidos. Hablo de la sensación de estar en el lugar correcto, en el momento correcto, con las personas correctas, hablando de lo correcto, haciendo lo correcto.

¿Aquí nos metemos en otro lío, cómo será esto de lo correcto? Lo correcto, según el diccionario es aquello que es acertado o adecuado a determinadas condiciones o circunstancias. ¿Entonces lo correcto acaso sólo puede aplicarse a determinadas condiciones? En este punto es donde a mí me gusta pensar otro grado de los conceptos. Lo simbólico no puede ser otra cosa que una herramienta. ¿Una herramienta de qué? ¡Una herramienta para encender! Para encendernos.

Hacer lo correcto, sentir lo correcto, decir lo correcto, pensar lo correcto tiene que ver con esta sensación de que es sensato, verdadero, que no hay una pizca de error en ello. Es el camino de la coherencia con uno mismo y con los otros, es un lugar en dónde nada nos dice que algo está fuera de lugar o mal para nosotros. Estar encendidos tiene que ver con eso.

Cuando amamos, por ejemplo nos encendemos. El amor tiene esa magia porque simplemente ES y los conceptos y los símbolos no le alcanzan para definirlo. Me dirán… ¡que bonito! ¡Al final todo este palabrerío para hablar del amor! ¡Qué trillado! ¡Si! ¡Para hablar del AMOR! El amor a uno mismo. Amarse tanto que sólo deseemos permanecer encendidos. Amar lo que hacemos porque sabemos que no podríamos hacer otra cosa, amar lo que sentimos porque nos animamos a verlo en toda su extensión y eso lo enciende todo.

Alguien me dijo que para explicar el Amor sólo puede utilizarse la poesía. Porque acaso, qué es lo que sabemos acerca del amor. Cómo lo reconocemos si apenas podemos aproximarnos a ese torbellino de emociones que lo provoca y lo hacemos a través de los símbolos. Aquello que se vuelve significativo en el amor, ese gesto, esas palabras, esas sensaciones, tanto para tratar de comprender, para tratar de dar, para tratar de recibir amor.

Cuando amamos el universo, la vida se nos abre de par en par. De pronto vemos, sentimos, deseamos, soñamos, sonreímos porque si, la gente nos parece buena, amorosa, aparece la magia, vamos tocando en todo ese amor que se nos escapa por los poros porque no entra, porque el cuerpo no alcanza, porque las palabras no alcanzan, porque la distancia se hace insoportable, porque el tiempo cobra una nueva dimensión.

¿Por qué a los seres humanos nos cuesta tanto sostener ese estado en el que todo es posible? Acaso tenga que ver con la fragilidad con la cual tomamos conciencia a través del amor. Nos encontramos con ese lugar frágil, nos damos cuenta lo frágiles que somos. La vulnerabilidad se puede palpar, se colapsa, cobra cuerpo, adquiere masa, se vuelve real. Y entonces se activan todos los mecanismos que deberían mantenernos a salvo. Salvo por el detalle de que ya no hay retorno, es como una flecha que disparamos hacia lo incierto, hacia la incertidumbre, hacia ese lugar desconocido que a veces rozamos … nuestra finitud.

¡Qué gran paradoja! Nacemos para ser amados, nos pasamos la vida buscando el amor, saber cómo es, experimentarlo … y cuando aparece levantamos un muro porque nos resulta dulce y doloroso, porque nos enfrenta a un renacer y a morir a lo que éramos antes de estrellarnos a su majestuosidad. Nos escapamos, inventamos excusas, encontramos bastas explicaciones acerca de cómo deberían ser las cosas y entonces, salimos del amor con la misma facilidad que entramos, nos creemos fuertes porque podemos decirle NO al amor. Nos sentimos fuertes porque podemos dominarlo, esquivarlo, suprimirlo, correrlo, llenarlo con otras cosas en el intento de reemplazarlo. Pero, ya nada es igual. Escapar del amor es como ir dormido por la vida y perdértelo todo. Es como ir matándote de a poco, gota a gota, poniendo énfasis en todas aquellas cosas sin sentido porque estar de cara a sentir se vuelve insoportable.

Utilizamos excusas, nos proyectamos en la mente del otro, materializamos nuestros miedos, nos hacemos pequeños, nos empequeñecemos, nos recortamos, nos prohibimos, nos censuramos, nos mutilamos … nos confundimos.

Confusión. En esto somos expertos. Lo confundimos todo. Interpretamos todo. Le damos el significado a las cosas según cómo deberían ser, como nos dijeron que deberían ser. Y nos perdemos.

El AMOR es el gran salto al vacío, es soltarse a la posibilidad de ser completamente destruidos para volver a nacer renovados.

Nos olvidamos de soñar y en cambio completamos nuestra apreciación de las cosas de acuerdo a cómo fueron antes, los otros, nosotros mismos. Y creamos más de lo mismo. Más amargura, porque no nos permitimos amar y ser amados. Ser destruidos para ser creados de nuevo. Caer a lo más profundo para resurgir como un fénix, poderosos, invencibles, encendidos.

Cuando nos lo permitimos, cuando nos permitimos el amor en toda su extensión nos vamos enamorando de todo. Nos enamoramos de aquellas cosas que reflejan nuestra luz, de aquello que refleja la mejor parte de nosotros, de aquello que nos enciende.

Nos enamoramos de nuestros amigos y amigas, de nuestros hijos, de nuestros padres, hermanos, trabajo, de un par de zapatos que nos conecta con aquello que queremos sentir en nuestro interior, ese poder, el poder de que todo lo podemos, de que todo es posible. Nos conectamos con todas las posibilidades y con suerte, si estamos lo suficientemente despiertos, nos conectamos con esa luz que nos guía y que no se apaga. Y la dejamos brillar.

ENCENDÉ TUS LUCES!

Paula Conde

Paola Conde
Diplomada en Bioneuroemoción®
Contacto: +34 644 09 98 88
paolavaninaconde@gmail.com

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